NIÑO JESÚS TRIUNFANTE

Fundidor anónimo sevillano sobre molde de Juan de Mesa

Primer tercio del siglo XVII

Vaciado en peltre policromado

Medidas: 60 cm

Sala de escultura del Museo de Arte Sacro

La obra se sitúa dentro de la variada producción que, siguiendo las coordenadas estéticas en vigor influenciadas por la estela del escultor Juan Martínez Montañés, focalizó Sevilla en las primeras décadas del siglo XVII. Su rostro, de expresión un tanto ausente, presenta unas facciones redondeadas, con ojos almendrados y mofletes prominentes que enmarcan una nariz corta, amplia y achatada, y unos labios finos y delicados de color rojizo. El cabello resulta encrespado y está modelado minuciosamente en sus ensortijados rizos, que caen arremolinados por el centro de la frente despejada, realzando la moña central y provocando dos pronunciadas entradas en una característica estructura capilar trilobulada. La cabeza muestra una cierta inclinación que acentúa el carácter melancólico y abstraído del rostro. El tratamiento de ciertos rasgos y detalles como la cabellera, que presenta un destacado claroscuro, la expresión del rostro y la mirada recuerdan otras composiciones del escultor alcalaíno afincado en Sevilla. El mechón voluminoso es elemento compartible con las tipologías que Montañés pone en circulación y con las especulaciones de Juan de Mesa. Junto a la vocación por el modelado pronunciado, es la abultada cabeza lo más distintivo, que ofrece un registro técnico excelente en el modelado del rizado cabello. Con la frente mas despejada que el modelo montañesino, comparte con él las cejas alargadas, los ojos almendrados y los carrillos algo mofletudos. Pero sobre todo destaca el ritmo de curvilíneos rizos, que elevan el tupe central, avanzan hacia la frente en pico y redondean el ovalo del rostro, potenciando el volumen de las sienes hasta acabar en espesas patillas. Una configuración que acaba distanciándolo de Montañés.

El modelo anatómico acentúa la composición armoniosa con un equilibrado contraposto, de talle largo, que se encuentra a caballo entre la esbeltez del clasicismo de Montañés y el naturalismo cultivado por Mesa. Presenta un modelado blando que se recrea en los pliegues de las articulaciones con carnes rotundas, rebosantes en los tobillos y en las caderas, en los glúteos carnosos y en los brazos y fornidas piernas. Los brazos aparecen ligeramente separaos del torso, con la mano derecha en actitud de bendecir. La obra resulta valiente en el volumen, de modelado más duro y abultado de lo habitual en Montañés, buscando la rotunda plasticidad de sus carnes, hasta el punto de calcar la interpretación de piernas y caderas con rebosamientos y pliegues en tobillos y rodillas de algunas de las obras de Mesa.

Fuente: MORENO DE SOTO, Pedro Jaime: ”La escultura barroca en plomo de Osuna”, Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna, n.º 17 (2015), pp. 100-110.

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